Maracaná
. Reflexión ll
YO VI
JUGAR A LOS 22
En una cálida noche del 12 de febrero de
1938, Atilio García recién llegado de la vecina orilla, convierte los tres
goles con que el Club Nacional de Fútbol vence tres a dos al club argentino San
Lorenzo de Almagro.
La alegría debe haber sido de tal
magnitud, que pocas horas después decidí nacer y abandonar el placentero
vientre materno.
Esta circunstancia selló la pasión que
me ha acompañado a lo largo de mi existencia, el fútbol.
Por cierto que no ha sido la única ni la
más trascendente, pero sí la más extensa e ininterrumpida.
Esto puede explicar lo del título; “yo
vi jugar a los 22”. Titulares y suplentes circunstanciales en Maracaná.
Inmigrantes italianos eran mis abuelos
con una numerosa prole; once hijos. Yernos y nueras, nietos, primos, sobrinos y
toda la parentela de la raza familiar, vivía o transitábamos por aquella gran
casa del barrio Palermo.
Por algunos recuerdos de la infancia,
por referencias familiares o por compartir luego nuestra vida adulta con parte
de la familia, tuve siempre la sensación que todos eran “manyas”. Por lo menos
los que eran aficionados al fútbol.
Pero de aquella oncena de hijos, de los
cuales conocí a seis y solo recuerdo a cinco, por lo menos seguro sé que los
dos menores cumplían con la regla de la excepción y uno de ellos era mi viejo.
También, sé que no eran aficionados al balompié.
Desde que empecé a proyectarme como un
ser humano me recuerdo con una pelota en los pies y afortunadamente un hermano
de mi vieja, el tío Mario, hincha y socio tricolor me llevaba al estadio.
En fin, el 16 de julio de 1950 tengo
doce años y medio, me encuentro sentado al borde del colchón de lana que se
hunde en una parrilla de hierro, alambre y resortes de una cama con respaldo de
metal y barrotes de bronce torneados. En el mismo cuarto la camita de mi
hermana y el toilette con su espejo y los frasquitos de un mismo color sobre las
carpetitas de croché, igual que en los tangos.
A mi lado la mesita de luz con su infaltable radio a válvula con caja de
madera.
Por más que he buscado en los archivos
de mi memoria, no puedo recordar donde estaban mis viejos y mi hermana.
Solo he guardado el registro de mi
imagen congelada en ese escenario.
Luego la calle, debo suponer que sería
18 de julio.
Una de mis primas y su esposo habitaban la mencionada casa familiar. Él tenía un camión con el cual realizaba la
distribución de los diarios matutinos y vespertinos. Las “manos” (paquetes) de
diarios se iban dejando en las esquinas o lugares de donde eran retirados por
los canillitas. La prensa se voceaba, se vendía en la calle y se repartía a
domicilio.
En ese camión con su caja colmada con
toda la familia fuimos a recibir a los flamantes campeones.
Y sobre este acontecimiento mi memoria
no tiene más datos, todo lo que pudiera agregar es aprendido o sería mera
fantasía.
De cualquier manera lo del título vale,
aunque siendo sincero, de Morán que fuera titular en la final sustituyendo al
“patrullero” Vidal, no tengo recuerdo de él, salvo por su integración en el
seleccionado del 50.
Creo que a todos ellos los seguí viendo
luego de Maracaná, sobre todo a los que pertenecían a Nacional y a Peñarol.
Acontece que a Peñarol lo veía siempre,
pues como no me permitían ir solo al estadio, un amigo de la infancia -el
“Cacho” Bemposta- dos o tres años mayor e hincha de los aurinegros me llevaba
semanalmente a la Colombes. Es así, que desde los inicios vi a la famosa
máquina, e incluso mantengo la imagen de un acontecimiento que causó gran
conmoción, la fractura del “negro”
Ortuño, también campeón del 50.
Si bien por mi edad difícilmente pudiera
tener valoraciones y forjar juicios propios en torno al juego y sus
protagonistas, luego la vida me permitiría afirmar sin ningún tipo de duda, que fue
una época con una pléyade de jugadores sobresalientes.
Tan es así, que llegamos al mundial de
1954 y estuvimos al borde de una nueva hazaña, tan o más difícil aún que
Maracaná. No se dio y fue frustrante.
Hoy cualquier selección estaría
festejando alborozada aquel cuarto puesto.
Luis Scarpa Brusco
Montevideo, 18 de julio de 2015
Ahora me gusta más, porque si bien era nacida con solo 2 años y medio ... la memoria no me da, pero si la de mi padre! el también hablaba de los goles, pero de todo el partido, también se conocía de memoria, aún de adulto, la formación de los del 30.
ResponderEliminarAhora me gusta más, porque si bien era nacida con solo 2 años y medio ... la memoria no me da, pero si la de mi padre! el también hablaba de los goles, pero de todo el partido, también se conocía de memoria, aún de adulto, la formación de los del 30.
ResponderEliminarHola Luis, me gustaron mucho las dos crónicas sobre Maracaná, y de rebote vi las pinturas, que me parecen fantásticas, felicitaciones !!!...un abrazo, Carlos.
ResponderEliminarQué época aquella, yo tendría casi 11 años.Entonces alguien de la barra preguntó:"¿escuchamos el partido?. Lo miramos como si estuviera loco, pero él insistió: - "Si lo escuchamos en nuestras casas es yeta, Brasil nos mata"
ResponderEliminarY en un grito la barra le preguntó: -¡que sugerís! y él respondió:-"que lo miremos de afuera".Se armó un alboroto. "Boludo" dijo el Negro Cucho- "¿crees que estamos en Maracaná? Mirá para todos lados, estamos en Paso de los Toros boludo. Sí, gritamos todos, ¿cómo mirarlo de afuera, si estamos todos afuera?. La risa fue general y esa risa, nos quitó la tensión. Quise decir, dijo el boludo, que nos vayamos a la cancha del campito y lo discutimos. Como el Negro Cucho era el jefe de la barra, le dijo en tono amenazante: -¿Querés discutir si estamos afuera o adentro de Maracaná?. No, no, le respondió el boludo. Yo digo: vamos al campito a jugar un partido y antes le pedimos al almacenero de la esquina, que saque un parlante y desde afuera lo escuchamos. Así lo hicimos, era un partido de raja tabla y al rato Brasil 1 a cero. Sigan jugando, no paren dijo el Cucho, y como si fuera un milagro, vino luego el gol del empate, corrimos para abrazarnos y el negro Cucho gritó:"nada de abrazos.Vamos al campo de abajo que está lleno de espina de cruceta y jugamos descalzos. No importa si sangramos. Lo que importa es ganar y si lo hacemos vamos a ganar". Corrimos descalzos al campo de cruceta, jugamos hasta el final del partido llorando. Fuimos Campeones, y recuerdo: nadie habló de las espinas, porque las espinas no dolieron. El grito de Uruguay, enorme como un quejido, salió de las gargantas y ese grito nos abrazó para siempre.
muy lindo tu articulo. soy fanática del futbol y lo veo desde que teia 5 a,manya hasta los tuétanos.el dia de maracaná ,salimos a festejar en el Hillman de mi viejo y
ResponderEliminarrecuerdo que en una esquina alguien se pone delante del auto
y nos pide que llevemos a una sra. que era la madre de uno de los jugadores.vi jugar a la mejor delantera aurinegra Gigia HOberg,miguez, Schiaffino y vidal.soy tan fanática que a veces miro simultaneamente 2 partidos.algunos me subenla presión, ero les digo a mis hijos si muero mirando futbolescuchando tango y comiendo chocolate, pueden decir que la vieja murió feliz.