¿El pueblo es el culpable? Por ALDO SCARPA - enero 2020
Recuerdo que hace más de un cuarto de siglo estudiando, relevando fuentes no trabajadas, escribiendo sobre la historia de Cuba, la revolución, la repercusión de la misma en la prensa nacional, tome conocimiento de que en la isla se consideraba vago al guajiro. ¿increíble verdad? Pero no tanto, los conquistadores consideraban apáticos, haraganes, a los pueblos originarios y, más tarde, difundieron las mismas ideas sobre los negros traídos forzosamente como esclavos desde el África. La misma “verdad” impusieron sobre el gaucho. Esto no tiene nada de extraño ni novedoso. Se trata de algo que las clases dirigentes saben hacer muy bien y sobre lo que la izquierda actual debe aprender y ocuparse, que no se resuelve con “viveza” y con “calle”: la construcción hegemónica, dirigir. ¿Puede la izquierda dirigir a un pueblo que subestima, que no respeta? ¿Qué sentido tiene, al no ser para dominarlo, representar a alguien o a un pueblo que se desprecia? La sarta de vulgaridades al tipo de: “el pueblo uruguayo es un pueblo conservador”; “el uruguayo es un “pueblo cornudo””; “para el uruguayo el año comienza cuando se baja el último ciclista”, no son más que la repetición del “sentido común” creado y difundido como “verdad” revelada e indiscutible por las clases dirigentes; de eso se trata, precisamente dirigir, ejercer la función hegemónica. Lo grave es que quien pretende dirigir a un pueblo en su lucha por transformar la realidad, las repita. ¿Cómo dirigir la lucha de un pueblo por su liberación repitiendo como loros las “verdades” de quienes lo dominan? Se trata del “sentido común”, del ”conocimiento vulgar” (en el cual, por supuesto, es posible que haya un núcleo de “buen sentido”). Son las “verdades” del parroquiano acodado en el mostrador del boliche, o la “doña”, hablando con la vecina, apoyada en su escoba. Pero lo impresentable, lo inaceptable, es que lo repitan hombres de “avanzada”, pretendidos dirigentes.
El 27 de octubre y el 24 de noviembre el FA sufrió la peor derrota política desde su creación, fue una “crónica de una muerte anunciada”. ¿Es el pueblo uruguayo el responsable? Es raro de ver que un ejército alcance la victoria o, por lo menos sortee con éxito semejante escollo con un “estado mayor” desorientado, desconcertado, que hace tiempo dejó de ejercer su responsabilidad: dirigir realmente. Sin embargo, una vez más el pueblo
uruguayo nos dio una lección y superó con éxito el escollo, a pesar de los desaciertos, desvíos, divisiones, inconsecuencias, soberbia de su “estado mayor”.
No fue sino el pueblo uruguayo el que el 27 de octubre nos mantuvo como la primera fuerza política del país y la mayor bancada parlamentaria con un 40% de los votos emitidos y nos dejó a pocos puntos porcentuales de convertirnos nuevamente en cinco años, en la mayoría absoluta del país. Más aún, el 24 de noviembre nuestro pueblo nos volvió a sorprender, nos volvió a enseñar (el “educador” también debe ser educado), y, en este caso, casi nos da la victoria y nos puso a nada de obtener la mayoría absoluta en el 2024. Claro está, depende de nosotros mismos, depende de que el “estado mayor” restituya la humildad, restituya la coherencia, los principios y los valores éticos, que no se deje tentar por atajos que en el mejor de los casos nos ofrecen victorias pírricas. Depende de un debate autocrítico, humilde y realmente unitario.
Pero nuestro pueblo obtuvo otras victorias. Impidió que se retrocediera y mantuvo en pie todos los derechos conquistados, “la agenda de derechos”, los valores de solidaridad, libertad, contra la represión, contra la discriminación racial y nacional, la igualdad de género, la diversidad, etc. Mantuvo la “ley de salud reproductiva” (a pesar de la indebida actitud del compañero Tabaré con todo el peso moral y político que significa); derrotó la ley “a la baja”, en las urnas; el intento de derogar la ley “Trans” y el engendro de “vivir sin miedo”. Es decir, una posición avanzada, democrática y progresista en todo el frente de lucha. ¿El pueblo uruguayo es un “pueblo conservador”? ¿Comparado con qué pueblo? ¡Qué soberbia!
No faltan, quienes han dicho: “Si, pero el voto para “vivir sin miedo” sobrepasó el 40%. ¿Y qué esperaban? Me hacen acordar a un profesor del IPA que comentando sobre el plebiscito de 1980 sostenía: “pero el “SI” obtuvo un porcentaje muy alto”, obviamente sin poner un solo ejemplo en el mundo de un pueblo que haya protagonizado una gesta semejante. Es no entender nada de los tiempos de la evolución histórica, de los tiempos de la lucha y la transformación social que no son los tiempos de la vida de una persona, ¡no entienden nada de la dureza social, política e ideológica de la lucha de clases! ¿Qué esperaban después de siete años de fascismo y con la
absoluta prohibición de propagandear el “NO”? ¿Y qué esperaban después de años de una impresionante campaña en casi todos los grandes medios de comunicación sembrando el clima de caos, miedo, inseguridad? Lo increíble, lo admirable de nuestro pueblo, es que en ambos casos haya triunfado el NO.
Por último, alguien podrá preguntar: ¿pero qué ocurrió con la Ley de Caducidad? No vamos a ocultar el bulto, vanos a detenernos en la Ley de Caducidad. Aquí también el comportamiento de nuestro pueblo es ejemplar. Nunca hubo en nuestro país posibilidades para el surgimiento de organizaciones de masas que defendieran los crímenes del fascismo. El pueblo uruguayo también en este asunto volvió a protagonizar un acto probablemente único: por su propia voluntad obligó a que se pronunciara democráticamente el pueblo todo. El pronunciamiento popular (no por una gran mayoría no dio la victoria al “voto verde”, sin embargo, el mismo ganó en Montevideo con lo que eso significa y las consecuencias inmediatas posteriores: ¡treinta años de gobiernos frenteamplistas!). Pero este resultado electoral no fue a favor de la impunidad sino en defensa de la democracia. Los sectores democráticos de los partidos tradicionales (que en aquellos tiempos expresaban a la mayoría de la ciudadanía), no defendieron sólidamente la impunidad, sino que crearon la farsa de que si se derogaba la Ley de Impunidad podría producirse una crisis institucional y un levantamiento militar. ¿Ingenuidad del pueblo? Lean y escuchen cuantos analistas y politólogos repiten aún hoy como veraz esta farsa.
Dos confirmaciones populares de lo que se afirma aquí. El lunes 19 de diciembre de 1988 a las 14 horas, momento en que se “ratificaron las firmas” y se obligó a convocar a un plebiscito, fue una de las explosiones populares y exteriorización de alegría más contundente del pueblo uruguayo. El 16 de abril 1989, cerca de la medianoche, cuando se confirmó la derrota del “voto verde” el Uruguay parecía un cementerio y el silencio fue atronador.
Pero, como al decir del maestro, en la historia las cosas suelen ocurrir dos veces, primero como tragedia y después como parodia, así ocurrió también en esta cuestión. Durante el primer gobierno del FA, después que el Congreso de diciembre de la fuerza política había definido
democráticamente en su órgano superior no derogar la Ley de Impunidad en ese momento, el gobierno y el movimiento popular alcanzaban avances en la materia que esperamos durante dos décadas. Sin embargo, a través de la comisión de DDHH del PIT-CNT se convoca a juntar firmas para un nuevo plebiscito. Algunos sectores y partidos del FA apoyaron, en tanto, por lo menos, las dos fuerzas mayoritarias de la fuerza política (que probablemente representaban el 50% de la misma), y el mismísimo compañero Presidente no estuvieron de acuerdo con la convocatoria. En lugar de construir los consensos necesarios, se apuró el paso. El “educador” que había educado al pueblo durante más de medio siglo en la cultura de la unidad y el consenso actuó en contra de sí mismo, el pueblo quedó a la deriva entre desavenencias y discusiones durante aproximadamente dos años, a pesar de ello el pueblo casi logra derogar la Ley. El pueblo, una vez más, no votó por la impunidad, sino que se explique como durante el primer gobierno del FA los sondeos de opinión pública marcaban el apoyo a la política de DDHH como uno de los más altos, en una administración que culminó su período con un alto nivel de apoyo. Se trató de la primacía en el “estado mayor” de una concepción estratégico-táctica errónea y que ya había sido superada por la madurez política de nuestro pueblo. Un grave error político que generó desacumulación en el movimiento popular y la izquierda, sólo comparable en la historia reciente en las expresiones de lucha armada en los años sesenta, una concepción estratégico-táctica que tiene la virtud de convertir victorias populares en derrota. Es decir, no tenemos derecho de cargar sobre nuestros pueblos las responsabilidades de su estado mayor. No tenemos excusa, la humildad y la inteligencia nos exige la admiración y el reconocimiento a nuestro pueblo. El orgullo de ser hijos de él.
¡Salud amado pueblo! Intentaremos estar a tu altura.
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